
Francisco Eppens Helguera fue un destacado integrante de la segunda generación de muralistas. Desde muy pequeño mostró habilidad para el dibujo. Llegó a la Ciudad de México a los nueve años junto con su madre, donde acudió a diversos talleres de carpintería, fundición y herrería. Unos años después asistió brevemente a la Academia de San Carlos, donde tuvo como profesores a Enrique Ugarte e Ignacio Asúnsolo.
En su primer empleo elaboró dibujos publicitarios para empresas como Ericsson, Cervecería Modelo, Cementos Tolteca y Goodrich Euzkadi y más tarde colaboró como ilustrador y diseñador para la revista “Lux” del Sindicato Mexicano de Electricistas y la revista “Más Caminos. Viabilidad, automovilismo, transporte, turismo”, en las que trabajó incansablemente para dejar una vasta obra afincada en las raíces y los símbolos de las antiguas culturas indígenas y populares de nuestro país. Laboró simultáneamente en proyectos publicitarios y en el diseño de escenografías para películas de “El indio” Fernández y Santiago “Chano” Urueta, y entre 1935 y 1951 diseñó estampillas postales y timbres fiscales, por el cual recibió numerosos reconocimientos.
En 1968 el presidente Gustavo Díaz Ordaz encargó a Francisco Eppens el diseño del Escudo Nacional. A partir del resultado, se homologó y reglamentó su utilización. Además realizó varios murales por encargo en edificios de la administración pública e instituciones privadas a lo largo de la República Mexicana; más de 28 conjuntos muralísticos y monumentales realizados en una vasta diversidad de técnicas; óleo, fresco, piroxilina, mosaico de vidrio, destacando los realizados en Ciudad Universitaria.

Diversos acontecimientos que rodearon a la Revolución, así como su acercamiento a intelectuales de la época, hicieron de él un joven preocupado en sintetizar los ideales de la Escuela Mexicana de Pintura, proponiendo una iconografía nacionalista, identitaria, revolucionaria y de la modernidad mexicana, misma que caracterizó mucha de su producción plástica. Conviven las formas tradicionales y las vanguardistas, encaminadas a mostrar una línea del tiempo ideal para México: un pasado glorioso, un presente de esfuerzo y un futuro prometedor.
La obra de caballete de Francisco Eppens se puede dividir en tres etapas de acuerdo con su temática y dibujo. No obstante, todas sus creaciones tienen elementos comunes como la monumentalidad, cercana también a la línea del cartel publicitario y el diseño. Desde sus primeras pinturas se hace notar el conocimiento y curiosidad del artista por las vanguardias europeas. En su segunda y tercera etapa destaca el toque nacionalista y el uso de la reinterpretación de las culturas prehispánicas en las que se aprecia la síntesis de las proporciones y el geometrismo.

26 x 12.5 x 6 cm, medidas totales.
“La grandeza pictórica de Francisco Eppens puede ser resumida en la capacidad que tuvo para introducir la esencia de México en un grano de maíz. Unos cuantos elementos sustraídos del simbolismo prehispánico fueron suficientes para representar la cosmovisión de una nación que defiende su derecho a la grandiosidad a partir de la lucha permanente de los contrarios” Beatriz Pagés.
Fuentes consultadas: LÓPEZ OROZCO Leticia et al. Francisco Eppens Helguera. Revolución, Nación, Modernidad. 1913 – 2013. Centenario. México. Partido Revolucionario Institucional. 2013, pp. 19, 30, 31, 67, 73 – 81, 90 – 95 y 361 – 371 y sitio oficial de la Secretaría de Cultura www.cultura.gob.mx
