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Saturnino Herrán en la Subasta de Arte Latinoamericano

Tomó clases de dibujo en 1895 en el colegio de San Francisco, en su natal Aguascalientes, donde uno de sus maestros se dio cuenta de su talento innato. Al cursar la preparatoria conoció a quienes serían parte de los grandes intelectuales de México a principios de siglo, Alberto J. Pani, Pedro de Alba, Enrique Fernández Ledesma y el que sería su gran amigo, el poeta Ramón López Velarde. Al morir su padre en 1903, se trasladó con su madre a la Ciudad de México. Ahí trabajó en los Almacenes de Telégrafos Generales y comenzó a asistir a la Academia de San Carlos por la noche donde pronto destacó y consiguió una ayuda otorgada por la Academia, lo que le permitió dedicarse de tiempo completo a sus estudios de pintura.

Lote 39. Saturnino Herrán. La Mujer X. Retrato de Virginia Fábregas, 1917. Firmado.
Óleo sobre tela. 178 x 106 cm. Con certificado.
Estimados de $ 8,000,000 a $ 10,000,000 MXN.

Entre los maestros de la época se encontraban Germán Gedovius quien lo introdujo a la pintura, Leandro Izaguirre de quien aprendió sobre iconografía y el catalán Antonio Fabrés que lo instruyó en dibujo y fue una gran influencia en sus tendencias modernas. Entre sus condiscípulos se encontraban Diego Rivera y José Clemente Orozco.

La calidad con la que realizaba sus obras le valió una beca para estudiar en Europa, la cual por motivos personales tuvo que rechazar, sin embargo, leyó y estudió sobre los cambios que se estaban generando en el campo intelectual. Esto se vio reflejado en las similitudes de su obra con el pintor británico Frank Brangwyn y los españoles Joaquín Sorolla e Ignacio Zuloaga.

Cuando Dr. Atl regresó de Europa, compartió sus vivencias con los estudiantes de San Carlos; les habló apasionadamente de los inmensos murales renacentistas y los frescos de la Capilla Sixtina, reforzando ideas que Antonio Fabrés ya tenía sobre un arte propio, pero además, le inyectó un sentido de carácter nacional y monumental. Saturnino Herrán y sus contemporáneos asimilaron la visión de Gerardo Murillo y en 1906, el artista en ciernes, junto con Jorge Enciso, Joaquín Clausell y Diego Rivera participaron en una exposición organizada por la revista “Savia Moderna”, donde se evidenció cierto nacionalismo e interés por las raíces prehispánicas.

Un año después, colaboró en la Inspección de Monumentos Arqueológicos con el arqueólogo Leopoldo Batres en Teotihuacán. Su trabajo consistió en el registro de la obra mural que se iba descubriendo. A partir de 1912 su obra comenzó a ser más prolífica, incorporada sin lugar a dudas por los ideales modernistas de la época. Aunado a su producción de caballete, se dedicó a ilustrar portadas de libros y revistas.

Murió a temprana edad en 1918, dejando inconcluso el tríptico “Nuestros dioses”, proyecto impulsado por Alfredo Ramos Martínez para el friso que decoraría el Teatro Nacional.

La necesidad de trabajar de sol a sol se favoreció con la costumbre de Saturnino Herrán de continuar pintando o dibujando delante de los amigos que llegaban al taller con motivo de las tertulias. Algunos aceptaron posar para sus dibujos del friso “Nuestros Dioses”. De otros realizó retratos, tal es el caso de esta imponente representación de uno de los pilares del teatro en México, Virginia Fábregas, interpretando el papel de “La Mujer X”.

“La Mujer X” es el título de una obra de teatro escrita por el francés Alexandre Brisson, estrenada en el teatro de la Porte-Saint-Martin en París 1908. 

La compañía teatral de Virginia Fábregas la representó al menos desde 1910. La temporada de mayo de 1917 tuvo una significación especial, puesto que Saturnino Herrán asistió a ver la obra. Este retrato era un cartel de la puesta en escena.

Xavier Villaurrutia mencionó en un artículo sobre Virginia Fábregas que “el público que acudía a su teatro podía ver, en el vestíbulo, dos grandes carteles pintados por Saturnino Herrán. Uno de ellos era un afiche de ‘La cena de las burlas’ […] el otro, naturalmente, de ‘La mujer X'”.

Existe un poema con el mismo nombre escrito por Enrique Fernández Ledesma en 1919, incluido en el libro “Con la sed en los labios”, que apareció bajo el sello editorial de México Moderno, con una introducción de Ramón López Velarde.

La puesta en escena fue llevada tres veces al cine; en 1920 del director Frank Lloyd, en 1937 de Sam Wood y en 1966 de David Lowell Rich, con la actuación de Lana Turner. También existe una versión mexicana dirigida por Julián Soler y protagonizada por Libertad Lamarque en 1955.

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