
El arte y la religión han estado profundamente vinculados a lo largo de la historia. Las creaciones plásticas han sido concebidas como medios elocuentes para transmitir discursos religiosos, conmover a los espectadores y afianzar la fe. Especialmente a partir del Concilio de Trento (1545-1563), en cuya última sesión se promulgó un decreto sobre el culto a los santos, reliquias e imágenes, las obras de arte sacro se pensaron como vehículos eficientes para la propagación de las virtudes cristianas.
En nuestra subasta de Antigüedades del mes de junio, nos complace compartir con usted una exquisita selección de obras que dan cuenta de la maestría e ingenio que alcanzaron los artífices de diferentes regiones y temporalidades para satisfacer la demanda de arte religioso. Particularmente, contamos con importantes obras novohispanas del siglo XVIII, un periodo fascinante, de gran fecundidad pictórica, marcado por la aparición de importantes cambios estilísticos y la invención de nuevas iconografías. Dentro de esta selección, destacan dos láminas de cobre de Miguel Cabrera (lotes 61 y 112), uno de los pintores que ha gozado de mayor estima y prestigio, desde su tiempo y a lo largo de los siglos posteriores. Ambas piezas son representativas de su carrera. Por un lado, la figura de san Ignacio de Loyola (lote 61), que nos recuerda la estrecha relación entre Cabrera y los jesuitas; por otro, la efigie de la Virgen de Guadalupe (lote 112), cuyo ayate original pudo revisar Cabrera y autentificar como de manufactura divina. Asimismo, contamos con una natividad del pincel de José de Páez, que revela el intimismo y emotividad que, por lo general, caracterizaron la pintura novohispana del XVIII.

José de Santander fue hijo del pintor malagueño Antonio Santander y Nicolasa de la Piedra, a su vez hija del famoso artista poblano Rodrigo de la Piedra. Además de Puebla, se tiene documentada la presencia de los Santander, padre e hijo, en Oaxaca. El templo
de Salazar anota en su nómina de artistas poblanos que este artista se casó en Puebla en 1691 y que probablemente falleció el siguiente año.
En esta escena se encuentra san Jerónimo escuchando el toque de trompeta que ha de convocar a los muertos el día del Juicio Final. Una pluma y un tintero dan fe de la dedicación del santo a la escritura, y la calavera sobre el libro cerrado es símbolo de penitencia.
Fuente: García Lascurain Vargas, Gabriela. “Noticias acerca de pinturas y pintores de enconchados en Oaxaca”. Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, vol. XXXIII, núm. 98 (2011), http://www.analesiie.unam.mx/index.php/analesiie/article/view/2368/2322 (consultado en mayo de 2023).
Estimados de $300,000.00 M.N.-$400,000.00 M.N.

Esta obra representa el momento en que san Francisco recibe los estigmas al hacer oración en la orilla del monte Alvernia. Según cuenta el sacerdote Pedro de Rivadeneyra, unos días antes un compañero suyo había abierto el Evangelio en distintas partes, buscando sobre qué reflexionar, y en señal divina, la tercera vez lo hizo en la narración de la Pasión de Jesús. El día de la Santa Cruz, Francisco tenía “el corazón abrazado de amor divino” mientras oraba, y entonces: “[…] vio que bajaba del cielo un serafín con seis alas encendidas, y resplandecientes, y con un vuelo muy ligero se ponía en el aire cerca de donde estaba, y entre las alas le apareció un hombre crucificado, clavadas las manos y pies en la Cruz. Las dos alas del serafín se levantaban sobre la cabeza del crucifijo y las dos cubrían todo el cuerpo y las otras dos se extendían como para volar. En esta visión se imprimieron en las manos, pies y costado del Seráfico padre las llagas de la misma figura, que él las había visto en aquel serafín. Quedaron unos como clavos de carne dura, cuyas cabezas eran redondas, y negras y en las manos se echaban de ver en las palmas; y en los pies por la parte alta del empeine. Las puntas eran largas y excedían a la demás carne, y estaban retorcidas, como redobladas con un martillo. La llaga del costado derecho era como una cicatriz colorada. De la cual manaba muchas veces tanta sangre que bañaba la túnica […]”.
Fuente: Paula Mues Orts, “Estigmatización de san Francisco”, Museo Amparo, https://museoamparo.com/colecciones/pieza/734/estigmatizacion-de- san-francisco (consultado en mayo de 2023).
Estimados de $250,000.00 M.N.-$350,000.00 M.N.

La imagen de Santo Domingo de Guzmán que ha llegado hasta nuestros días es deudora de la descripción que de él hizo la beata Cecilia Romana en su Relación de los milagros obrados por Santo Domingo en Roma, considerada desde la Edad Media una de las fuentes más fiables para el estudio tanto de los rasgos físicos como del carisma espiritual del fundador de la Orden de Frailes Predicadores: “La forma exterior del bienaventurado Domingo era así: mediana estatura, delgado de cuerpo, rostro hermoso, un tanto bermejo, cabellos y barba suavemente rubios, ojos bellos. De su frente y de las cejas salía cierto resplandor, que seducía a todos y los arrastraba a su amor y reverencia. Siempre estaba con semblante alborozado y risueño, a no ser cuando se encontraba afectado por la compasión de alguna pena del prójimo. Tenía largas y elegantes manos y una gran voz, hermosa y sonora. Nunca fue calvo y conservó siempre el cerquillo íntegro, entreverado de algunas canas”.
En términos iconográficos es común representar al
santo burgalés vistiendo el hábito talar de la Orden
que él mismo eligió para sí y sus hermanos. Se trata
de un hábito blanquinegro formado por una túnica y
un escapulario con capucha blancos y una capa con capucha negra (vilitas capiis). En sus manos porta una vara de lirios, símbolo de castidad y pureza. El libro ha de ser interpretado como un atributo intelectual, reflejo de la importancia que el santo otorgó al estudio a lo largo de toda su vida, o bien, como la Palabra de Dios, es decir, las Sagradas Escrituras.
Fuente: Diana Lucía Gómez Chacón. Santo Domingo de Guzmán. Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. V, no 10, 2013, pp. 89-106.
Estimados de $20,000.00 M.N.-$30,000.00 M.N.
