En el mundo romano una joya se usaba para ostentar un status, además de para adornar. De la sencillez de los primeros tiempos de Roma, se pasó con las sucesivas conquistas en Oriente a la pasión por el lujo y el exceso debido a la influencia de los gustos asiáticos.

El anillo reflejaba la clase social a la que se pertenecía y, con posterioridad, el nivel económico del portador. A finales del Imperio todos los ciudadanos libres podían llevar un anillo de oro, los libertos uno de plata y los esclavos uno de hierro.
La función asignada principalmente al anillo, en su origen, fue la de sello para firmar documentos oficiales y privados. Pero también hay testimonios de su uso como recipiente de veneno para quitar la vida propia o ajena. Muy común fue el gusto por los anillos adornados con gemas y camafeos, en los que los romanos gastaban enormes fortunas. Expertos artistas griegos fueron los artífices de piezas exquisitas. Los hombres y mujeres romanos solían cubrir sus dedos con anillos de esta clase, usados en parte para sellar, en parte para adornar.



El hecho de que un individuo eligiera una efigie para llevarla en un anillo muestra admiración hacia la figura de la persona representada. El desarrollo del retrato individual es uno de los principales logros del arte romano, a pesar de que los artistas solían ser griegos, pero, al trabajar bajo un patronazgo romano, su trabajo respondía las necesidades y gustos romanos. El retrato fue siempre valorado por ellos, la reproducción de un rostro en una gema o una moneda y regalarla como colgante, insignia o anillo permitía su difusión entre sus contemporáneos.
Fuente: Domvs Romana: Adornatus, joyas masculinas en la antigua Roma. Pp. 3-6.
