
El próximo 24 de septiembre, en la tradicional Subasta Mexicana de Antigüedades y Libros, se presentará un lote de incalculable valor histórico y cultural: un cartel conmemorativo del Primer Centenario de la Independencia de México, creado en 1910 bajo la dirección de Alfredo Híjar y Haro y la Comisión Nacional del Centenario. Esta maravilla impresa mediante la técnica de la cromolitografía, es más que un simple trozo de papel; es una ventana al México de principios del siglo XX, un país que se debatía entre el pasado colonial y el ansia de modernidad, bajo la tutela del general Porfirio Díaz.
El cartel, que conmemora los fastuosos festejos del Centenario, es un testimonio tangible de la manera en que el régimen porfirista se afanó en proyectar una imagen de México como una nación civilizada y moderna, en sintonía con las potencias occidentales de la época. El texto del cartel anuncia solemnidades, fiestas y actos oficiales que se verificaron en la Ciudad de México durante septiembre de 1910, eventos diseñados no solo para celebrar la independencia, sino también para mostrar al mundo los logros del país en infraestructura, educación, y cultura, en una época en la que la estabilidad política era precaria y las desigualdades sociales profundas.

El gobierno de Díaz vio en el Centenario una oportunidad única para consolidar su legitimidad y, al mismo tiempo, para dejar una huella indeleble en la fisonomía del país. Se emprendió la construcción de monumentos, museos, teatros, y edificios gubernamentales que aún hoy en día definen el paisaje urbano de la capital mexicana. El Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, y la Universidad Nacional de México son solo algunas de las obras que surgieron de este ambicioso proyecto de nación. El cartel que ahora se subasta es, en muchos sentidos, una pieza clave para comprender la narrativa oficial de aquella época, en la que el Estado intentó construir una identidad nacional unificada y moderna.
Sin embargo, más allá del discurso oficial, este cartel también nos invita a reflexionar sobre las contradicciones de aquel México de 1910. Mientras las élites celebraban con grandes banquetes y ceremonias, una gran parte de la población vivía en la pobreza, sometida a un sistema social y económico que beneficiaba a unos pocos. El esplendor de las festividades no podía ocultar las tensiones sociales que, apenas un año después, estallarían en la Revolución Mexicana, un conflicto que transformaría para siempre el rostro del país.

Hoy, más de un siglo después, el cartel del Centenario no solo es un objeto de colección, sino también un recordatorio de las complejidades de la historia mexicana. Su presencia en esta subasta nos invita a mirar hacia atrás, a cuestionar las narrativas oficiales, y a reconocer que la historia está siempre en construcción. Adquirir esta pieza no es simplemente obtener un artefacto histórico, sino también aceptar la responsabilidad de preservar y cuestionar el legado que representa.
En un mundo donde la historia a menudo se reduce a fechas y nombres, este cartel nos recuerda la importancia de los símbolos, de las imágenes que capturan la esencia de una época. En él se entrelazan la gloria y las sombras de un México en transformación, un México que, a pesar de sus contradicciones, buscaba su lugar en el concierto de las naciones. Este próximo 24 de septiembre, el afortunado comprador no solo se llevará un cartel; se llevará un fragmento de la memoria colectiva de México.

