“En cuanto al retrato ya Élie Faure señalaba a Rivera como un gran retratista que a la influencia de Paul Cézanne y Auguste Renoir añadía algo inesperado, sorprendente y fantasmal en que el crítico francés ve la ascendencia española de Goya y Zurbarán. Otros advierten influencia del Greco y de Marcel Duchamp, de Seurat y Soutine, porque en esta rama del retrato como en otras Rivera es un gran sintetizador”. Berta Taracena.

Diego Rivera fue un destacado pintor, grabador, dibujante e idealista mexicano. Fue un titán entre los muralistas, sublime pintor de caballete, un controvertido cómplice de la revolución política y gran defensor de las artes. Comenzó su formación en la Academia de San Carlos con una generación remarcable, compartiendo aulas con Saturnino Herrán y Roberto Montenegro, entre otros nombres que destacaron en la escena artística. En 1907 realizó su primera exposición, la cual le valió una beca otorgada por el Gobernador del Estado de Veracruz, gracias a la cual pudo viajar a Europa para complementar sus estudios. Primero viajó a España, donde tuvo la oportunidad de estudiar de cerca la obra de Francisco de Goya, Diego Velázquez y El Greco.
Más tarde se trasladó a París, donde visitó exposiciones a la par que asistió a conferencias y cursos de pintura al aire libre, madurando su estilo pictórico y consolidando amistades con figuras clave de la historia del arte. A su regreso a México en 1922, se dedicó a estudiar a profundidad el arte maya y mexica, lo que influyó de forma significativa en su obra posterior. Durante esta década recibió numerosos encargos por parte de José Vasconcelos para realizar grandes composiciones murales, en las que se separó de las corrientes artísticas internacionales del momento para crear un estilo nacional basado en el clasicismo renacentista, de la mano de simbolismos del arte prehispánico y así plasmar la historia del pueblo mexicano. De este modo, junto con la obra de David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, concretaron el plan de reconstrucción nacional y transformaron el imaginario nacional.

En relación con su vehemente pasión por el arte, Diego Rivera produjo obra de manera prolífica bajo diversas temáticas y géneros, entre ellos el retrato, ámbito aprendido y ejecutado de manera excelsa desde la adquisición de un estilo académico en su paso por la Academia de San Carlos y la posterior experimentación con otros lenguajes. Como se observa en sus retratos cubistas realizados durante su estancia en Europa, o en su producción muralista con la inclusión tanto de personajes históricos y cotidianos, convertidos en íconos de la nación mexicana como es el caso del mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, por mencionar un ejemplo. Así, podemos comprender a esta producción como testimonio del afianzamiento de las convicciones estéticas y personales del artista, de la misma manera que sucede cuando se acude a los retratos de Anton van Dyck o Diego de Velázquez para consultar fuentes iconográficas de épocas precisas.
En la década de los años 30 y 40, seguidores del arte de Diego Rivera acudieron a él para la realización de retratos, inspirados en su conocida trayectoria y en la ejecución de pinturas de personajes distinguidos de la época como Frida Kahlo, Lupe Marín, María Félix y Dolores Olmedo; mujeres extraordinarias cuya fuerte personalidad fue trasladada exquisitamente al lienzo. El caso de “Dama Oaxaqueña” no es ajeno a estas características; a través de la composición planteada por el artista se destaca una mirada firme perteneciente a una mujer impetuosa, cuya figura sobresale del fondo de la obra gracias a la paleta de color contrastante del pintor.

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